El consumo de los hogares, motor del crecimiento económico estadounidense

  • 29-05-2019

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La economía estadounidense está cediendo, pero no hay fractura. El dinamismo del crecimiento económico se ha atenuado desde el cuarto trimestre del año pasado a causa de diversos factores. Entre ellos se encuentran la disipación del impulso fiscal ejercido por las rebajas de impuestos realizadas en 2018 por el presidente Trump, unas condiciones crediticias más ajustadas para las empresas y los hogares debido a las subidas de tipos de interés de la Reserva Federal y el efecto en la inversión interna del deterioro de la relación comercial entre China y Estados Unidos.

En este contexto, la desaceleración del crecimiento en Estados Unidos a la que hemos asistido en los últimos meses no resulta sorprendente. Lo que debemos preguntarnos es si estamos en los albores de una tendencia bajista más preocupante con probabilidad de prolongarse durante los próximos meses y trimestres.

Nos tranquiliza que la principal contribución al crecimiento del PIB de EEUU, el consumo de los hogares, sigue creciendo a un ritmo aceptable, aupado por la dinámica positiva del mercado laboral. La inversión empresarial se ha ajustado fundamentalmente a este entorno menos favorable. En lugar de hundirse, esta faceta cíclica de la economía se ha limitado a corregirse frente al marcado repunte de los últimos dos años.

Cambio de rumbo de la Fed

Dado que la Fed ha interrumpido —que no retirado— su ciclo de subidas de tipos y los «efectos de base» del programa tributario de Trump se están disipando, los obstáculos para el crecimiento estadounidense han disminuido. Las negociaciones comerciales entre China y Estados Unidos continúan perfilándose como una amenaza para las perspectivas, pero todo apunta a que los catalizadores internos mantendrán el crecimiento del PIB en torno a su potencial a largo plazo (2%).

En lo que respecta a la política monetaria, tras el cambio de rumbo de la Fed en el primer trimestre, la fortaleza del dólar estadounidense ha perdido la baza subyacente que representaba la normalización monetaria; una tendencia que ha venido imponiéndose desde 2015. Así pues, la creciente divergencia entre los tipos cortos estadounidenses y los del resto del mundo lleva un tiempo en «pausa». Incluso podría haber tocado techo, si de hecho la Fed ha finalizado su ciclo de alzas de tipos.

Más allá de la evolución de los tipos a corto plazo, el final anunciado de la reducción del balance de la Fed en septiembre —y la neutralidad implícita a partir de entonces— también ha contribuido a frenar la tendencia divergente entre Estados Unidos y otras grandes economías. En este contexto, el potencial alcista del dólar parece ahora bastante limitado.

Dicho esto, el diferencial de rentabilidad a favor del dólar estadounidense continúa siendo robusto, tanto en términos nominales como reales. Es probable que este diferencial impida una caída considerable del dólar, siempre que continúe rondando los niveles actuales. Debería producirse un cambio de los tipos a corto plazo o de la dinámica de la inflación para que se desencadenara en adelante un movimiento apreciable en el dólar.