Donald Trump y la Batalla de Gettysburg

  • 19-02-2019

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En 1863, en plena guerra de Secesión americana, el ejército confederado, capitaneado por el general Robert E. Lee, se dio de bruces con el ejército del norte. Aquella contienda, que se libró en la pequeña localidad de Gettysburg, Pensilvania, ha pasado a la historia por ser la batalla más cruenta de toda la Guerra Civil Estadounidense. Se calcula que, entre muertos, heridos y desaparecidos, se produjeron cerca de 50.000 bajas. Aquel acontecimiento marcó un punto de inflexión en la contienda, que terminaría un año y medio más tarde con la victoria del norte.

Afortunadamente, 150 años después, las hostilidades entre americanos se libran de otra forma, y siendo duras, no son sanguinarias. A pesar de que los republicanos controlan la mayoría de los estados del sur, no sería justo hacer una analogía entre este partido y el ejército confederado. Hoy en día, la guerra la libra Trump contra el resto del mundo. Pero, ¿se podría afirmar que, igual que ocurrió en Gettysburg, las recientes moratorias en materia comercial, y el acuerdo para la reapertura temporal del gobierno, señalan también un punto de inflexión en su constante tono beligerante?

Hasta el momento, el carácter espontáneo, provocador y poco convencional del presidente norteamericano le ha permitido mantener elevadas dosis de popularidad, pero las cosas han empezado a cambiar. En estos momentos, tiene demasiados frentes abiertos. La economía ha comenzado a desacelerarse y ya no crece a los ritmos del 4,2% del segundo trimestre del año pasado. Su empecinamiento con el muro ha provocado el cierre parcial de la administración más largo de toda la historia, propiciando que cerca de 800.000 funcionarios dejaran de trabajar y no cobraran temporalmente su salario. Las pérdidas estimadas no recuperables por este desacuerdo con el Partido Demócrata se estiman en 3.000 millones de dólares y contraerán el PIB de este trimestre al menos en un 0,2%.

Mientras continúan las negociaciones sobre la guerra comercial, el tiempo corre y la moratoria alcanzada en la cumbre del G20 en Argentina para no volver a desatar otra oleada de aranceles expirará a finales de mes. Además, antes de marzo tendrá que llegar a un acuerdo con los demócratas, que controlan el Congreso, para ampliar el techo de la deuda. Si no consigue un acuerdo, el Tesoro se quedará sin liquidez y las tensiones se van a incrementar destacablemente.

Aunque Trump no parezca muy dado a hacer concesiones y continúe generando titulares agresivos, lo cierto es que, de una manera discreta, ha modificado su predisposición a negociar. La primera señal fue cuando aceptó reescribir las condiciones de un nuevo NAFTA con Méjico y Canadá. Por ahora, los acuerdos temporales sobre el shutdown y la guerra comercial no se han resuelto de una manera definitiva.

Pero, ¿qué pasaría si, por ejemplo, en el caso de las negociaciones con China, simplemente decide nuevas prórrogas? Su economía evitaría contraerse un 0,4% adicional. ¿Puede permitirse EE.UU renunciar a ello? No parece muy sensato ponerse más palos en las ruedas, si no miren el repentino cambio de la FED, que acaba de frenar el ritmo de subidas de tipos de interés. A finales de mes tendremos la solución, pero el punto de inflexión en su política ya se ha producido. A partir de ahora, debemos esperar a un Trump más negociador, por mucho que nos intente hacer creer lo contrario.