La moda, una industria no tan modélica

  • 13-03-2019

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El mundo de la moda vivió dos acontecimientos importantes el mes pasado. Mientras aficionados a la moda de todo el mundo le daban el último adiós al legendario director creativo de Chanel, Karl Lagerfeld, el Comité de Auditoría Medioambiental del gobierno británico (EAC, por sus siglas en inglés) presentaba el documento final de su informe sobre la sostenibilidad de la industria de la moda.

Aunque las firmas de alta costura como Chanel y las tiendas online de ‘moda rápida’ como Boohoo y Missguided se sitúan en extremos opuestos del mundo de la moda, todas pertenecen a un sector que demanda un nuevo modelo económico, en opinión del EAC. Como asegura en el documento Fixing fashion: clothing consumption and sustainability (Cómo arreglar el mundo de la moda: consumo de ropa y sostenibilidad):

“Hacer lo que siempre se ha hecho ya no sirve. La forma en que se fabrica, se usa y se desecha la ropa resulta insostenible”.

La investigación del EAC identifica cinco aspectos de la industria de la moda que resultan perjudiciales para el medioambiente:

  • Trabajo forzoso y otras prácticas laborales ilícitas.
  • Fibras sintéticas que liberan partículas de plástico.
  • Uso excesivo de agua durante la fabricación de las prendas.
  • Consumo y demanda crecientes de moda rápida.
  • Residuos textiles a gran escala.

El comité también sugiere cinco posibles soluciones o formas en las que el gobierno puede contribuir a mejorar la situación:

  • Garantizar los derechos de los trabajadores en Reino Unido y en otros países.
  • Combatir la contaminación que provocan las fibras sintéticas.
  • Reducir el consumo excesivo de agua.
  • Reducir los residuos generados por la industria.
  • Reducir el ritmo de consumo de las prendas de ropa

La recomendación que ha captado la atención de los medios de comunicación ha sido la de aplicar una tasa de un penique a cada prenda que se fabrique. El comité calcula que con esta medida se recaudarían 35 millones de libras que podrían invertirse en mejorar el reciclaje textil en el Reino Unido. Otras recomendaciones destacadas incluyen:

  • Reformar el sistema fiscal para premiar a las firmas de moda que diseñen productos con un menor impacto medioambiental y penalizar a las que no lo hagan.
  • Que el impuesto al plástico se aplique también a los productos textiles para fomentar el mercado de fibras recicladas en Reino Unido.
  • Prohibir que las prendas no vendidas que puedan reciclarse se quemen o se desechen en vertederos.
  • Poner en marcha un programa de Responsabilidad Extendida del Productor (REP) que premie a los que adopten medidas para reducir la generación de residuos.
  • Promover una mayor colaboración entre la industria y el gobierno para acabar con los abusos laborales en las cadenas de suministro.

La propuesta del gobierno británico de cobrarle a los fabricantes de ropa un penique por prenda contribuiría a mejorar la recogida y la clasificación de ropa y resolvería al menos uno de los problemas que señala el informe del EAC, ya que ahora mismo la mayoría de los residuos textiles acaban en los vertederos.

Un problema más amplio

Las posibles soluciones que plantea el EAC reflejan que el impacto de la ropa en la sostenibilidad no se limita a la falta de una cultura de reciclaje o a la contaminación por fibras sintéticas. Según McKinsey, una vez que los consumidores se llevan las prendas recién compradas a casa, lavar y secar un kilo de ropa a lo largo de su ciclo de vida, usando los métodos típicos, genera 11 kg de gases de efecto invernadero.

McKinsey estima que el cultivo de algodón, que representa aproximadamente el 30% del consumo total de fibra textil, requiere importantes cantidades de agua, pesticidas y fertilizantes y que la mayoría de los países donde se fabrica ropa dependen de combustibles fósiles para generar energía, por lo que un kilo de tela puede generar unos 23 kg de gases de efecto invernadero, en promedio.

Aunque es cierto que parte desde un nivel muy bajo, hay una firma textil nórdica que destaca por sus avances en sostenibilidad. En 2017, el 96% de la electricidad que empleó esta empresa en el desarrollo de sus operaciones se generó a partir fuentes renovables, mientras que el 59% del algodón procedía de cultivos sostenibles y se ha propuesto alcanzar el 100% el año que viene.

Además, ha puesto en marcha un programa de reciclaje por el que anima a los clientes a donar la ropa que ya no utilicen, de cualquier marca, a cambio de un cheque regalo. Según datos de la propia empresa, en 2017 recogieron más de 17.771 toneladas de textiles –lo que equivale a 89 millones de camisetas– gracias a esta iniciativa.

Esperamos ver un cambio de percepción y de comportamiento con respecto a la sostenibilidad de la industria de la moda similar a la concienciación colectiva con el problema de la contaminación por plásticos vivida en los últimos años.

La importancia de la escala

Pese a que los programas de reciclaje como el que hemos mencionado empiezan a ser habituales, la cuestión es que, con frecuencia, no existe una demanda real para la reutilización de esta ropa, por lo que la mayoría de las empresas no encuentran incentivos para poner en marcha este tipo de programas y alcanzar economías de escala.

Aunque para las empresas el coste inicial de mejorar la sostenibilidad puede ser elevado, también es necesario porque, a largo plazo, las fuerzas del mercado o la regulación acabarán doblegando a la industria textil.

Los clientes votarán con el bolsillo o se aplicarán nuevas normas por lo que, a la larga, aquellas empresas que ya hayan hecho la inversión necesaria probablemente serán las que más se beneficien. Es posible que los negocios del estilo de Boohoo o Amazon (que el informe del EAC señala entre los peores en términos de sostenibilidad) tarden más en reaccionar porque están muy centrados en fabricar y distribuir productos de la forma más barata posible y cualquier aumento de precio a corto plazo supondría un freno importante para su modelo.

Por último, los consumidores también deben asumir parte de la responsabilidad. Podemos criticar a las empresas todo lo que queramos pero, si a los consumidores no les importa que una prenda dure una semana, están apoyando esta actitud de ‘usar y tirar’.