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Trump vs China: ¿guerra fría o táctica electoral?

  • 10-06-2020

  • 4 minutos

¿Donald Trump es un “tigre de papel”? Este es un pensamiento cada vez más extendido en Asia, ya que estamos siendo testigos de su diatriba diaria contra el Gobierno chino, que cada vez se parece más a una estrategia electoral para derrotar a Joe Biden en noviembre, que a cualquier otra cosa. La creciente agresividad hacia China, que contrasta sorprendentemente con la falta de reacción por parte de Beijing, nos hace preguntarnos qué acciones puede tomar Trump que perjudiquen a China lo suficiente como para hacerla ceder a sus peticiones. Y, por cierto, ¿qué le pide Trump a China? Porque no se muestra claro en sus peticiones, salvo por la exigencia de una reforma del sistema político chino lo que, obviamente, es una ilusión.

En mayo Trump adoptó una medida que atacó directamente a Huawei. Sin embargo, había avisado con tanta antelación de las sanciones que tomaría contra esta empresa tecnológica, que la compañía china tuvo tiempo de sobra para abastecerse de los chips estadounidenses que necesita para producir equipos de telecomunicaciones 5G. Dado el daño muto que China y los EE.UU. pueden hacerse, si China reacciona a las sanciones contra Huawei prohibiendo todas las exportaciones a China de chips de EE.UU., creemos que es probable que se llegue a un acuerdo antes de que Huawei se quede sin suministros estadounidenses. El hecho de que el fabricante de chips de Huawei, TSMC, anunciara el mismo día que construiría una fábrica de 12.000 millones de dólares en Arizona para fabricar chips, incluyendo probablemente chips destinados a Huawei, no es una coincidencia. Beijing había amenazado durante meses con publicar una lista de «entidades poco fiables», es decir, empresas estadounidenses que estaba dispuesta a incluir en una lista negra desde China, y utilizó periódicos controlados por el Estado para filtrar los nombres de Boeing, Apple, Cisco y Qualcomm.

Frente a la oposición de la Administración de EE.UU., la estrategia de China es, curiosamente, adoptar una política de brazos abiertos hacia las empresas de EE.UU. De hecho, las inversiones extranjeras directas de EE.UU. en China se aprueban de forma bastante sistemática y han permanecido notablemente estables en aproximadamente 15.000 millones de dólares cada año. Un buen ejemplo es Tesla, que abrió en octubre del año pasado su fábrica de Shanghái de 5.000 millones de dólares con importantes incentivos financieros proporcionados por este municipio. Por otra parte, no es sorprendente que la inversión extranjera en China se haya desplomado, pasando de 46.000 millones de dólares en 2017 a 5.000 millones de dólares en 2019.

China y EEUU se necesitan más que nunca

En relación con Hong Kong, para el cual Beijing decidió este mes promulgar una ley de Seguridad Nacional, la reacción de la Administración Trump fue también muy ruidosa, pero insustancial. Castigar a Hong Kong, donde operan 1.200 compañías americanas, y sus 7 millones de habitantes que, si acaso, son más víctimas que verdugos, pasaría por alto el verdadero objetivo de Trump, que es China. A su vez, golpear directamente a China podría ser contraproducente para los EE.UU. si el gigante asiático toma medidas contra los intereses de EE.UU. en su territorio. En otras palabras, China no es Irán o Corea del Norte. China y EE.UU. se necesitan más que nunca, por lo que no suscribimos la teoría ampliamente difundida por los medios de comunicación en estos días de una nueva guerra fría entre los dos países.

Si Trump quería infligir un verdadero daño a China, en nuestra opinión, solo tendría una decisión que tomar: suprimir a todos los bancos chinos del sistema del dólar americano. Esto tendría un impacto catastrófico en China y en su economía, y lo más probable es que desencadenara una crisis mundial, si no una verdadera guerra. Mientras los partidarios de la línea dura en Washington ni siquiera mencionen esta opción «nuclear», vemos la retórica anti-China actual como un mero gesto electoral.

En otras palabras, de aquí a noviembre, anticipamos cada vez más ruido y volatilidad en el mercado a medida que se calienta la campaña electoral de EE.UU. Sin embargo, el contexto geopolítico no va a influir en nuestro enfoque de inversión bottom-up (de abajo a arriba), ni nos distraerá del análisis macroeconómico que hacemos de cada país de nuestro universo de inversión. Y, en ese frente, la recuperación post-COVID está en marcha. Las ventas de coches en China subieron un 4,4% anual en abril y se espera que hayan aumentado dos dígitos en mayo. Las ventas de propiedades inmobiliarias en abril sólo bajaron un 2,1% anual, básicamente volviendo a su nivel de hace un año.

Además, durante su última Asamblea Nacional Popular, China anunció un paquete de estímulos fiscales de 4 millones de yuanes, que hará que el paquete financiero total alcance aproximadamente el 4% del PIB, aproximadamente igual que durante la crisis financiera mundial de 2009. En su discurso de clausura, el primer ministro de China, Li Keqiang, dejó claro que el estímulo monetario se llevará a cabo mediante recortes de los tipos de interés y la aceleración del crecimiento del crédito. El Gobierno central pide a los grandes bancos que presten este año un 40% más a las pequeñas y medianas empresas que el año pasado.

Más allá de China, vimos que los tipos de interés se redujeron en mayo en 25bps en Corea (hasta el 0,50%) y en 40bps en la India (hasta el 4%). Nos sorprendió la decisión del Banco Central de Indonesia de mantener sus tipos de interés sin cambios en el 4,5%, a pesar del impacto que el COVID-19 está teniendo en la economía. Esta fue quizás la razón que apoyó el fuerte repunte de la rupia. La moneda subió un 3,3% frente al dólar en mayo, llevando su revalorización en los últimos dos meses al 10,7% (fuente: Bloomberg).